Las lenguas tupí-guaraní se presentan
hoy marcadas socioculturalemnte por muy diversos fenómenos.
Se abren en un abanico en el que algunas de ellas en rigor podrían
llamarse prehistóricas mientras que otras son lengua oficial
de un estado moderno. Es fácil imaginar que las sociedades
y comunidades que hablan estas lenguas han pasado por procesos históricos
variados que han marcado y diferenciado su forma de evolución
y sus cambios. Al mismo tiempo nada se repite mecánicamente.
El cuadro de las lenguas tupí guaraní
El cuadro de lenguas que surgen del grupo tupí-guaraní
es uno de los ejemplos americanos de lo que con otras características
haya podido suceder con el sánscrito y más cercanamente
con el latín. Sin embargo, la particularidad del proceso
americano, ilustra sobre aspectos que no aparecen con la misma
relevancia en el panorama europeo. Si se acepta la tesis de un
proto-tupí, tiene gran sentido la cuestión sobre
la diversidad cultural desarrollada a través del tiempo
y del espacio, así como los contactos prehistóricos
que originan la proliferación de lenguas. Habría
habido etapas de vida, de transformación y de creación,
bastante diferentes de los recientes cuadros de debilitamiento
y de muerte que ahora se constatan.
En su clásica Classification of South American Indian LanguagesCestmír
Loukotka reparte las lenguas del stock tupí de las que
tiene alguna noticia actual o histórica en 16 grupos, entre
los cuales el guaraní a su vez contaría con 21 realizaciones
dialectales, además de cuatro lenguas guaranizadas. Con
criterios algo diferentes la nueva edición del Catálogo
de las lenguas de América del Sur, con clasificaciones,
indicaciones tipológicas, bibliografía y mapas,
de Antonio Tovar y Consuelo Larrucea de Tovar Montoya, señala
en la familia tupí guaraní nueve conjuntos de lenguas,
estando en el tupí-guaraní estricto el guaraní,
el tupí y dialectos afines. y demográfica. Aryon
dall'Igna Rodrigues, Línguas brasileiras; para o conhecimento
das línguas indígenas (São Paulo, Edições
Loyola, 1986) presenta un cuadro de 21 lenguas de la familia Tupí-Guaraní
en el Brasil (p. 39) -sin contar varios dialectos-, con algunas
indicaciones acerca de la demografía de sus hablantes.
Es todos estos trabajos las lenguas tupí-guaraní
son presentadas en cuanto sistema y en esta perspectiva no se
hacen visibles sus potencialidades de fortaleza o debilidad histórica.
Esa dimensión histórica aparece sí en la
publicación organizada por F. Queixalós y O Renault-Lescure,
As línguas amazônicas hoje (São Paulo, Instituto
Socioambiental, 2000). En ese enorme espacio, durante mucho tiempo
preservadas en sus nichos poco accesibles, las lenguas indígenas
se ven hoy expuestas a todo tipo de amenazas, de influencias y
de intervenciones.
La novedad que irrumpe ahora dramáticamente es que en casi
todos los casos considerados las lenguas indígenas de la
selva, y concretamente las de la familia tupí-guaraní,
se encuentran amenazadas en su misma existencia. De hecho la misma
selva es la primera agredida. Sus estudiosos atribuyen esta situación
a las condiciones creadas o permitidas por el Estado, a su falta
de política lingüística o a una política
perversa. La relación entre vida lingüística
y ecología se hace dramáticamente palpable.
Este es el asunto que desearía tratar, pero limitándome
sólo al caso del guaraní paraguayo.
Las lenguas tupí-guaraní minoritarias
Se supone implícitamente -y sería
correcto- que la sociedad de hablantes de lenguas minoritarias
serán de hecho dejadas en paz por los Estados, o que el
Estado prescindirá de ellas, aunque más no fuere
que por desconocimiento y olvido. El Estado sólo tiene
políticas lingüísticas para grupos y masas
en las cuales él mismo se sabe y se siente significado.
Una minoría de 5 hablantes como eran hace poco los Xetá,
o de menos de un millar como los Aché-Guayakí, carecería
de cualquier interés si no es el del mero registro académico
de esa variedad dialectal. La muerte del último Apiaká
en el río Tatui (Mato Grosso, Brasil), hacia 1986, apenas
fue registrada. Esa ciencia lúgubre, con su tímido
realismo, difícilmente convencerá a los hablantes
de una lengua a que la sigan hablándola. Se contenta con
lo que parece inevitable y apenas se propone retener la lengua
ya que no está en condiciones de retener la vida del hablante.
La lengua propiamente guaraní cuyos hablantes viven en
el Paraguay, Argentina, Bolivia y Brasil presentan una densidad
demográfica envidiable: más de 5.000.000 (cinco
millones) de hablantes para el guaraní paraguayo, más
de 60.000 (sesenta mil) para los Guaraní occidentales de
Bolivia. Los pueblos indígenas de lengua guaraní
en el Paraguay -según el Censo de Población y Viviendas-
de 1992 presentaban el cuadro siguiente: Paï-Tavyterã:
8.026; Mbyá, 4.744, Ava Katu: 6.918; Guarayo: 1.254; Tapieté:
1.827; Aché: 639. Hay que tener en cuenta que estas cifras
están muy debajo de la realidad, por los grandes problemas
surgidos en la recolección de datos, como anoté
al hacer el análisis de dichos datos (Melià 1997).
Curiosamente el Estado se inhibe de actuar en algo que le parece
incumbencia y opción de la persona hablante. Ni siquiera
percibe el cuadro que el mismo provoca con sus reticencias, su
prohibiciones y olvidos. De hecho la lengua no es dejada en paz,
sino expuesta a toda clase de agresiones que atentan contra la
misma vida de las personas, de su organización, de su salud
socioeconómica, al mismo tiempo que el espacio físico
y cultural está expuesto a todo tipo de maltratos.
El espectro guaraní
Hoy el guaraní presenta dos categorías
socioculturales bien definidas: es lengua de indígenas
en sociedades indígenas, sobre todo rurales, y es lengua
de indígenas en sociedades no indígenas, preferentemente
rurales pero también urbanas.
Esta distancia entre los dos tipos de lengua guaraní era
percibida ya desde los primeros tiempo coloniales y está
caracterizada y caricaturizada a través de cronistas jesuitas
de mitad del siglo XVIII. Estaba la lengyua guaraní de
los indios y la lengua guaraní de la sociedad hispana.
Lo cierto es que esa distancia no proviene de influencias solamente
estatales, sino de los usos sociales en los que cada grupo se
ha ido desarrollando. No voy a tratar de la situación de
los cinco dialectos guaraníes de las sociedades indígenas,
aunque alguna alusión se debería hacer a las variedades
influenciadas por Estados bastante diferentes en su políticas
lingüísticas como son el Brasil, Paraguay, Argentina
y Bolivia. Las sociedades indígenas aparentemente dominan
todavía el desarrollo de su lengua y la reproducen con
autenticidad. Las condiciones ecológicas habían
permanecido relativamente estables hasta hace unas dos o tres
décadas y el sistema de vida se adecuaba al sistema de
lengua.
El guaraní paraguayo
En el guaraní paraguayo los procesos coloniales,
pasados y presentes, se hacen sentir duramente. Veamos lo que
sucede en los usos del guaraní paraguayo y como la sociedad
vive ese hecho lingüístico.
El guaraní paraguayo es hoy un fenómeno lingüístico
que es percibido y definido con no menos de 35 apelativos y denominaciones
por sus mismos hablantes. Estas percepciones y denominaciones,
tal como aparecen en la reciente publicación, del Ministerio
de Educación y Cultura y Banco Interamericano de Desarrollo,
El guaraní mirado por sus hablantes; investigación
relativa a las percepciones sobre el guaraní (Asunción,
2001. 212P.) traducen una visión sincrónica, aunque
en alguna de esos apelativos hay referencias a fenómenos
históricos que fueron determinantes para esta situación
actual. Estos apelativos van desde el español "yopará"
(mezclado) hasta el "tripará" (guaraní-castellano
y portugués), pasando por guaraní castellanizado,
guaraní común, guaraní culto, guaraní
de escuela, guaraní teeté, guaraní ymaguaré,
guaranieté, guaraní-guaraní, yopará,
ñe'ë indio, etc. Aun así, no se cita el guaraní
científico ni el ava ñe'ë, ni el guarañol,
y alguna que otra denominación que hemos escuchado.
En este nivel, sin embargo, prevalece la percepción de
que hay un guaraní común y cotidiano que "implica
el predominio del guaraní sobre el castellano, tanto estructuralmente
como en el léxico" (p. 191), pero con una mezcla notable
de elementos de las dos lenguas en cuanto al léxico. Algunos
dicen que éste es el yopará, el guaraní de
la informalidad usado en la casa, en la calle y en el mercado.
Es el guaraní más útil y el más utilizado
porque asegura los procesos comunicativos de la cotidianeidad.
Hay quien lo percibe como una tercera lengua, denominación
que viene desde los tiempos en que el Padre Martín Dobrizhoffer
así designaba el habla popular de los españoles
en el Paraguay de mitad del siglo XVIII.
¿Cómo tratar entonces esta realidad?
Los usos
Sentida por todos, no es descrita por nadie y así
no tenemos todavía paradigmas que permitan someter la lengua
a una descripción gramatical o una gramática de
uso. De todos modos la gramática en sus categorías
principales es de pleno uso en el guaraní más mezclado
y no hay hasta ahora alejamiento considerable de la norma y estructura.
Es cierto que hay un alejamiento respecto al guaraní que
se hablaba en las Misiones jesuíticas y de los dialectos
conservados por las sociedades indígenas, pero la estructura
esencial (?) se usa sin vacilación aun en los que sólo
poseen un léxico guaraní muy reducido. De hecho,
los hispanismos en el guaraní son un fenómeno antiguo,
ya registrado en el primer texto un tanto largo que tenemos del
guaraní en tiempos de la colonia, que es el Catecismo de
la doctrina cristiana, de Luis Bolaños. El fenómeno
es suficientemente llamativo para provocar la excelente tesis
de Marcos A. Morínigo, Hispanismos en el guaraní
(Buenos Aires, 1931).
La sociedad paraguaya ha sido hasta los últimos años
mayoritariamente rural. Desde el momento en que por diversas razones,
sobre todo políticas y económicas, esa sociedad
se traslada singnificativamente hacia la ciudad en vías
de empobrecimiento, esto afecta directamente la producción
y reproducción del mundo de la comunicación; los
modelos se diluyen tanto a nivel de personalidad como de estructura.
La norma se reproduce mal. Es un fenómeno que sucede con
otras lenguas cuyas sociedades se encuentran en procesos análogos,
como lo muestra en diversos pasajes la obra de Miquel Siguan,
Bilingüismo y lenguas en contacto (Madrid, Alianza Editorial,
2001).
El reconocimiento legal
Por otra parte, en la Constitución
nacional de 1992 se declara el guaraní como lengua oficial.
Este reconocimiento será, junto con otros argumentos razonables
acerca de la enseñanza en las lenguas maternas y una Reforma
Educativa que implanta selectivamente y como a manera de prueba
cursos de modalidad monolingüe en la escuela primaria, el
motivo de una cierta intervención del Estado en la lengua
guaraní. Esta intervención se da a través
de dos medios principalmente; uno a través de los docentes
cuyo conocimiento del guaraní cotidiano o común
es habitual, y otro a través de textos que comienzan a
ser producidos exclusivamente para este fin.
Una lengua que en el último siglo careció de una
normalización ampliamente consensuada, al hacerse lengua
de enseñanza y lengua enseñada, se encuentra con
exigencias de normalización en los tres órdenes
de la ortografía, de la gramática y del léxico.
Estas operaciones con frecuencia se dan al margen y aun por encima
y al margen de los hablantes. En el guaraní del Paraguay
-y esto ocurre en numerosas lenguas de América que son
lenguas supuestamente minoritarias, pero de grande mayorías
sociales-, la normalización se hace a través de
criterios que proceden de pocas personas. Y es ahí donde
juega un gran papel la capacidad y buen sentido lingüístico
de los promotores de las políticas lingüísticas
en el campo de la normalización.
Se trata de percibir lo que será viable y aceptable por
la comunidad de hablantes. En la comunicación cada hablante
es el usuario libre de su palabra y su libertad sólo estaría
coartada por el límite de la incomunicación con
su interlocutor. El dueño de la palabra es siempre el hablante.
Aun las normas dadas desde la instancia de la autoridad deberán
ser asumidas libremente, si bien en grupo y comunidad de hablantes.
La dificultad y hasta la muerte de una lengua puede proceder de
que la normatividad se aleje tanto del uso cotidiano, que la lengua
deja de ser instrumento que facilita la comunicación. Una
lengua como el guaraní paraguayo en franco proceso de "pidginización"
o "criollización" -fenómeno mal reconocido
por sus defensores- necesita en la actualidad un trabajo de decidida,
al mismo tiempo que prudente normalización. Es en estes
casos donde la rigidez de propuestas crea antagonismos y animadversiones
que dificultan el consenso. Las soluciones científicas
desde un punto de vista de estructura de la lengua tienen que
compaginarse con otros elementos que genéricamente podemos
designar como psicolingüísticos y psicosociológicos.
Parte de la política lingüística consistirá
en crear las condiciones en que las propuestas técnicas
sean aceptables por la comunidad de hablantes. Hay que tener en
cuenta los niveles operativos de las diversas soluciones. En este
aspecto la normalización de la ortografía del guaraní
ha tenido un proceso muy esperanzador. En el Congreso de Montevideo
de Tupí-Guaraní, de 1950, se propuso una ortografía
que con los años ha sido aceptada en su líneas fundamentales.
Permanece todavía la cuestión de la separación
o unión de la palabra y sus elementos de diversa categoría;
problema menor que con ligeras diferencias se supera en la práctica
de los que escriben. La normalización del léxico
tradicional está prácticamente hecha, como lo muestran
los diccionarios bilingües modernos, entre otros los de de
Antonio Guasch (1961) -con numerosoas reediciones y reimpresiones-
y Natalia Krivoshein de Canese - Feliciano Acosta Alcaraz (1997).
La normatividad gramatical es la que presenta realizaciones más
dispares. Hay una normatividad que deriva de la tradición
gramatical histórica representada ya Antonio Ruiz de Montoya,
con su Arte de la lengua guaraní (Madrid, 1639) y a la
que siguen, con modificaciones accidentales, los gramáticos
actuales, entre los cuales citamos de nuevo a Antonio Guasch (19560
y y Natalia Krivoshein de Canese - Feliciano Acosta Alcaraz (2001).
Hay estudios originados en el ámbito de algunas universidades
que todavía no han sido divulgados suficientemente ni aprovechados
en la elaboración de nuevas gramáticas de uso didáctico,
como son los trabajos de Rubén Bareiro Saguier y Michel
Dessaint (1980). El trabajo de Wolf Dietrich, El idioma chiriguano
(1982) ha sido divulgado -y corregido en lo necesario y oportuno-
por Bret Gustafson a través de Ñee; introducción
al estudio lingüístico del idioma guaraní para
guaraní hablantes.
Dados estos pasos tan prometedores, sería poco explicables
las dificultades en que tropieza todavía la mormalización
del guaraní paraguayo. Las posibles explicaciones estarían
en estas circunstancias:
De modo tentativo apuntaríamos las siguientes.
La construcción en el Paraguay de la que se ha dado en
llamar lengua de escuela, no aprovechable en la comunicación
cotidiana, es uno de los grandes impasses en los que nos encontramos
atascados. La necesaria revitalización del guaraní
hay quien la presenta como ruptura; otros grupos de la política
lingüística la quisieran como continuidad, aunque
sea lenta y poco transformadora.
La sociedad parece que le da la espalda a la política de
normalización innovadora. Y la misma escuela ejerce a través
de ella muy poca influencia, sobre todo cuando se carece de otros
medios para difundir una lengua escrita de proclamada ruptura.
Sin llegar a una situación de sociedad contra el Estado
-porque los representantes del mismo estado como entidad se inhiben
del proceso-, se llega a la práctica de una sociedad que
sigue haciendo camino a pesar del Estado.
Construir la lengua
Hay que reconocer que en el panorama actual del
guaraní han quedado agazapadas una serie de zonas erróneas
cuyos síntomas son motivo de intranquilidad, de discusión
y hasta de indignación.
¡No disparen contra el guaraní!, escribía
hace poco en este mismo Correo Semanal del diario Última
Hora (31 octubre 1998), don Félix de Guarania.
La gran discusión sobre el guaraní actual se centra
prácticamente sobre un aspecto que de por sí, sin
embargo, no es el más importante de una lengua. Pero es
tal vez el más visible, o mejor dicho el más gritante.
Con la buena intención y el afán de que el guaraní
sea competitivo con la modernidad se lo quiere dotar de una extensa
terminología técnica de la que supuestamente carece.
Quienes tal hacen piensan seguramente que una lengua es un depósito
de palabras y que su riqueza consiste en poder contar con el mayor
número de ellas. Ahora bien, sabemos que esto es verdad
sólo en parte. Uno se puede expresar maravillosa y profundamente
sin un caudal extraordinario de vocabulario. Los textos filosóficos
de Platón, de Aristóteles, de Santo Tomás,
de Suárez y de Kant no hacen gala de terminologías
frondosas.
La lengua es antes que nada un arte combinatoria. No es con muchos
y diferentes comestibles que se hace una comida más rica.
El buen gusto está en saber aderezarlos proporcionada y
convenientemente. Así también la lengua de buen
gusto.
La lluvia y el granizo
En realidad lo que causa malestar no es tanto la
creación de terminologías nuevas sino el modo como
se las fabrica, que no corresponde a la índole de la lengua,
y el modo como se las quiere introducir en tan avasalladora cantidad
que no hay organismo que las pueda asimilar. Más que una
mansa lluvia vivificante es un granizo destructor.
Cuando una lengua, como el guaraní, entra en una fase histórica
que la confronta con nuevas experiencias y nuevas exigencias tiene
varios recursos para enfrentar esa situación. La historia
y la evolución de las lenguas poviene en gran parte del
modo como han dicho lo nuevo y lo han vivido en sus palabras,
sean éstas arcaísmos, neologismos o barbarismos
-procedentes de otras lenguas- y que en el caso del guaraní
suelen ser hispanismos.
Desde el siglo XVI los misioneros y los indios que se convertían
a la religión católica crearon modos de expresarse
-y hasta de pensarse- que sin desnaturalizarlos del todo les introducían
y empujaban hacia esos nuevos tiempos.
Los recursos usados fueron los que la lingüística
moderna continúa sugiriendo.
El primero y más importante consiste en no traducir palabra
por palabra, sino "por frases", empleando preferentemente
composiciones y oraciones verbales en vez de sustantivos abstractos.
Incluso cosas tan simples como "padre" o "madre"
no se dirán en guaraní túva o sy, sino que
se les contextualizará bajo de forma de che ru, ñande
ru, che sy o ñande sy, según los casos. Para "bienvenidos"
se ha dicho habitualmente peguahë poräke u otra expresión
análoga. Hace falta solamente inteligencia, creatividad
y prudencia.
Las posibilidades combinatorias de la lengua guaraní en
este sentido son prácticamente inagotables, dado su carácter
aglutinante.
Otro recurso consiste en decir lo nuevo a partir de lo antiguo.
¿No llamamos en castellano "pluma" al instrumento
para escribir, aunque ya no tenga nada que ver con una pluma de
ave? Y sigue siendo "carro" el automovil más
moderno. En principio ésta es una buena solución
ya que con este artificio la lengua no sufre ni extrañamientos
ni exilios. Pa'i era el padre de la familia grande guaraní
y ese significado se aplicó después al "padre"
sacerdote católico; y lo mismo ocurrió con palabras
como karai - de chamán a español-, mburuvicha -de
dirigente a presidente-, purahéi -de canto religioso a
canción-, jeroky -de danza ritual a baile-, etc, que adquirieron
nuevo sentido conforme a la sociedad colonial. Y hasta el mismo
Tupã -entidad divina por Dios de los cristianos-,Tupãsy
-Madre de Tupã por Madre de Dios y Virgen María-y
Ñandejára -Nuestro Patrón por Nuestro Señor-.
Estos vocablos con sus acepciones y giros nuevos ya son neologismos,
aceptados desde antiguo. Ni que decir de palabras como mbarete
-fuerte por prepotente-, po karë -mano torcida por mañoso
o mafioso-, ñembotavy -hacerse el bobo por no comprometerse-,
y tantas otras que sólo pueden entenderse en los contextos
históricos de un Paraguay más reciente.
Es cierto que es más común entender por neologismo
la combinación de elementos usuales para construir e inventar
términos nuevos.
Cuando el Padre Antonio Ruiz de Montoya puede presentar un conjunto
de frases bajo la palabra teko -ejemplos que ocupan hasta veinte
columnas de su Tesoro de la lengua guaraní- entrevera con
los giros tradicionales nuevas combinaciones que dan como resultado
eso que llamamos neologismos: Teko yma nde heja aguyjete'i: es
bien dejar las costumbres antiguas; teko me'ëngáva:
oficio, cargo; teko moñangáva: ley costumbre, etc.
Cuando un neologismo es auténtico pasa al dominio público
casi sin notarse.
Poner neologismos en circulación es un arte y requiere
estrategias y paciencias en las que se combina la creación
y la aceptación popular.
Hispanismos en el guaraní
Y las palabras introducidas en el vernáculo
desde el mismo inicio del tiempo colonial, los hispanismos, ¿no
serían también lengua guaraní? La mayoría,
sí. Hace casi siete décadas el doctor Marcos Augusto
Morínigo en su tesis cuyo título es precisamente
Hispanismos en el guaraní (Buenos Aires: Peuser, 1931),
incluía en esa categoría unas 1.200 palabras que
fueron la base de su "estudio sobre la penetración
de la cultura española en la guaraní". Estos
hispanismos aparecen engarzados en una fraseología puramente
guaraní; el pueblo los considera no sin razón guaraní
ymaguare.
El profesor Morínigo toma nota de hispanismos en algo tan
primitivo y primordial como el cuerpo humano, y que han quedado
definitivamente en el habla guaraní más castiza:
lomo, espinazo, costilla, ñudo, corasõ, vena. Para
otros dominios semánticos los hispanismos son más
abundantes como que había más distancia entre los
dos mundos -guaraní y catellano- en contacto. La consulta
de la obra indicada nos podría curar de neologizar a ultranza.
Es cierto que la avalancha del mundo moderno en cuestión
de terminología es ya de otro orden. Pero a este propósito
no está de más recordar que es éste un problema
de todas las lenguas modernas que generalmente han optado por
aceptar términos generales a partir de raíces griegas
o latinas, si no inglesas (que a su vez ya las tomó del
mismo latín, griego o francés, sin contar los americanismos).
En todas las lenguas hay una verdadera invasión de términos
"bárbaros" que a veces tiene muy poco que ver
con la índole de la lengua pero que la comunidad lingüística
ha adoptado porque los necesita. El fenómeno no es del
todo evitable, pero se puede amortiguar con políticas inteligentes
y constantes, para las cuales los medios de comunicación
social son importantísimos. No abogamos por un purismo
a ultranza, pero sí por un mínimo de respeto a la
lengua propia. Ni elitismo ni colectivismo radicales. La afirmación
reciente de Noam Chomsky de que la lengua es "un asunto en
el que sólo tiene que decir la gente", y no los científicos
ni políticos, es una verdad que peca por exceso.
Hasta aquí no he dicho nada nuevo. He intentado aplicar
aquellos criterios de sentido común que maneja la lingüística
más conservadora.
Si la creación y divulgación de neologismos y nuevos
modos de decir hubiera seguido en el guaraní estos o parecidos
criterios es probable que tendríamos menos problemas con
su impopularidad en ciertos medios, especialmente en las escuelas.
La comunicación en primer lugar
Recuperar lo recuperable del guaraní antiguo
puede ser también una de las tareas de la escuela, con
tal de que se haga de modo gradual y prudente. Que se tenga que
consultar alguna vez el diccionario no va contra el principio
de lo tradicional. El palacio de la memoria lingüística
tiene muchas cámaras y recámaras, salones nobles,
cocinas y retretes, y el dueño no conoce necesariamente
todos los recovecos de su castillo. Descubrir la lengua es apasionante.
¿Quiere esto decir que hay que renunciar a la creación
de neologismos? De ninguna manera. El dinamismo de una lengua
se manifiesta en la producción y puesta en circulación
de vocablos y expresiones conforme a las nuevas condiciones de
vida. Pero en el guaraní esta labor requiere estudios serios
y estrategias adecuadas de adopción y de divulgación.
En ningún caso es la escuela en sus primeros grados el
lugar adecuado para tomar a los niños como conejillos de
Indias par una aventura tan peligrosa e imprevisible.
La impopularidad de ese guaraní de escuela viene precisamente
de que se lo haya querido uncir a la pesada carreta de la educación
formal y a su odiado poder coercitivo. Ya es insoportable un sistema
de educación demasiado rígido, ¡cuánto
más cuando se impone con vara un modo de hablar que no
es el de la familia y ni siquiera el de la comunidad.
La pedagogía del guaraní en la escuela no puede
ser pesada ni odiosa. Se diría que hay docentes que piensan
aumentar el prestigio del guaraní haciéndolo aparecer
difícil Una lengua se aprende más como juego de
la calle que como tarea impuesta. En la casa y en la calle aprendimos
a ser bilingües; que la escuela no separe lo que la gente
ya supo unir.
Cita final
José Saramago, ese padre de la palabra
creadora, decía (EFE, Madrid, 7 de diciembre, 2000),
en vísperas de recibir el premio Nobel de literatura,
abogando por una humanidad de mayor y más intensa comunicación
, que "al no usar las palabras, se pierden los sentimientos.
Si yo no digo a alguien que lo quiero, si incluso esa palabra
perdí, más pronto o más tarde, pierdo el
sentimiento".
Ésta creo que debería ser la gran preocupación
del hablante guaraní; no tanto crear nuevas palabras,
sino seguir usando y diciendo las palabras en las que este pueblo
supo y sabe decir su sentimiento y su razón de vivir.
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